¿Es realmente deseable equilibrar la vida profesional y la personal? - Motiva
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¿Es realmente deseable equilibrar la vida profesional y la personal?

Escribimos para vos: compartimos notas, tendencias y reflexiones acerca del mundo de la comunicación interna.

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, tal vez el más agudo analista de los últimos años del pasado siglo y de los primeros de este, usaba de manera recurrente una poderosa metáfora para ilustrar cómo nos sentimos ante las presiones de todo tipo que nos afectan por vivir en un mundo tan incierto, móvil, voluble e inestable que él denominada como «líquido»: somos los nuevos «equilibristas» y, más aún, casi como los funambulistas de circo, apenas dotados de muy pocos recursos para tratar de mantenernos cuerdos entre el cielo y el abismo, los dos extremos de la carpa circense.

Sería ingenuo pensar que esa situación caracterizaba perfectamente a la pandemia y que, en consecuencia, está felizmente superada. Nos queda todavía mucho del mundo pandémico, y bastante más todavía del anterior líquido, por lo que la así llamada «nueva normalidad» dista tanto de ser «nueva» como de realmente «normal».

Verse obligados a trabajar en el hogar y una creciente y poco productiva cantidad de horas, atendiendo las demandas propias de ese espacio, más las de hijos que en esos momentos no podían acudir a la escuela, más la de tal vez adultos mayores a los que había que cuidar, más las exigencias de un mundo laboral no siempre consciente ni comprensivo con este complejo escenario, fueron todas experiencias intensas propias de los tiempos más extremos del aislamiento social y en los que más difícil se nos hizo a todos equilibrar la vida profesional y la vida personal, un imperativo de la época.

En efecto, ese es precisamente uno de esos equilibrios reclamados por Bauman, y desde la última década del siglo XX, el que pone en la balanza a esa vida profesional y a esa vida personal, no solo un imperativo cultural sino también uno de los grandes deseos que aparecen en todas las encuestas que se realizan a quienes trabajan en organizaciones, sean privadas, públicas o de la sociedad civil.

En 1986, hace nada más ni nada menos que 36 años, el sociólogo alemán Ulrich Beck describió perfectamente el mundo pandémico, e incluso el de la pospandemia, un poco a modo de pronóstico aciago y un tanto en la forma de un presagio funesto: «estamos obligados a resolver contradicciones sistémicas», es decir, estamos completamente solos en el Universo, y apenas podemos ofrecer respuestas biográficas/personales ante las profundas contradicciones de los sistemas organizacionales, económicos, políticos, sanitarios, educativos, culturales… algo que todos hemos experimentado de un modo un otro, más o menos intensamente, durante los dos últimos años.

Una de esas contradicciones, desde luego, es la ya anticipada, la que presenta a la vida profesional y a la personal como dotadas de lógicas difícilmente compatibles, la de la productividad y la fría eficiencia, la primera, la de los cálidos afectos y la contención, la segunda.

Pero… ¿y si por un momento nos estuviésemos equivocando al proponer los escenarios que debemos complementar? ¿Y si vida profesional y vida personal no fuesen realmente opuestos?

Una de las más novedosas corrientes de la lingüística contemporánea, la lingüística cognitiva, sostiene a grandes rasgos que cuanto percibimos del mundo está en gran medida influenciado por las palabras que utilizamos para designarlo.

Elegir como términos de una contraposición vida profesional y vida personal significa, ante todo, sostener que en la profesión no comparece la persona en su totalidad, sino tan solo en algunas de sus dimensiones, en pequeños fragmentos, los fundamentalmente asociadas a la productividad, al rendimiento y a la eficacia, lo que implica una visión bastante escasa y restrictiva de nosotros mismos y poco acorde al rico significado de lo que supone ser humanos.

Ser persona es productividad, rendimiento y eficacia pero es también mundo interior, afectivo y espiritual (no necesariamente religioso), es tener sueños y proyectos, caracterizarse por los vínculos densos que mantenemos con otros, es asumir riesgos en los que nos jugamos la felicidad, tal vez no solo la nuestra, es crecimiento, es creatividad, es dar y recibir, pero sobre todo dar…

Equilibrar la vida profesional y la vida personal comienza, en primer lugar, por elegir mejores palabras para designar ese desafío, palabras que sirvan de puente y no de brecha, de laberinto y no de ruptura. ¿Tal vez vida profesional y vida familiar?

Cuanto percibimos del mundo está en gran medida influenciado por las palabras que utilizamos para designarlo

Más allá de que nos resulte imposible ponernos de acuerdo en lo que significa hoy una «familia», todas las encuestas -al menos en los países latinos- revelan y de manera consistente que la «familia», junto con los amigos, se encuentra en la cúspide de lo que más valoramos y lo que más asociamos a una vida feliz y gratificante y que sí, en este caso, posee una lógica, una dinámica interna diferente a la vida profesional, diferente pero en modo alguno incompatible.

Proponer un equilibrio entre la vida profesional y la vida familiar posee la incomparable ventaja frente a anteriores oposiciones de presentar dos mundos en los que no cabe ninguna duda de que la persona sí está presente, de que comparece con toda su riqueza y con todas sus dimensiones. En la familia, y no solo en la vida profesional, hay trabajo en equipo y la búsqueda de una eficiente gestión del tiempo así como en la vida profesional interviene nuestro mundo afectivo y los vínculos densos son determinantes del éxito de nuestros proyectos.

Por todo lo anterior, y la persona es una, tiene sentido que nuestras políticas y acciones de comunicación interna nos tengan también en cuenta en esa dimensión familiar. Se presentan aquí 6 consejos al respecto.

__1. Piense en una comunicación interna dirigida a un «público expandido», no solo sus colaboradores sino también sus familias. Las familias son sin duda un público de interés a quienes concierne la vida profesional de sus familiares en la organización.

__2. No solo comunique a ese «público expandido», involúcrelo indirectamente en la vida de la organización, al menos en determinadas circunstancias que no se reduzcan a la clásica jornada de puertas abiertas.

__3. Desarrolle programas de responsabilidad social que tengan como destinatarios principales a las familias y quienes las integran, por ejemplo todos los que tienen que ver con la educación, la formación continua y la salud.

__4. Comunique también a las familias, aunque después, los beneficios que se conceden a los colaboradores.

__5. Considere a las políticas y prácticas de bienestar un complemento y extensión del bienestar familiar.

__6. Si fuese necesario desarrollar una comunicación de riesgo o de crisis asegúrese de que las familias también están informadas acerca de los temas que implica.

Si bien todo lo anterior supone que las organizaciones pueden apelar a nuestra dimensión familiar, no oculta que vida profesional y vida familiar son distintas. Ahora bien, que la totalidad de la persona pueda comparecer en la vida profesional es una sabia ecología de lo humano, una ganancia para la profesión, para las organizaciones en las que tiene lugar y, en suma, un genuino juego win-win, aquel en el que unos ganan solo si todos los demás lo logran al mismo tiempo.

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